Es algo así como levantarte con la mitad de la cara envuelta en los susurros de las cinco de la mañana, y la otra mitad rogando que, esta vez, el noticiero de sólo buenas noticias. Y me levanto siempre con el pie izquierdo (inevitablemente, porque del otro lado de la cama está el ventanal), y no sé si será cierto eso que dicen... pero podría empezar a creerlo. Después, viene el desayuno, los ojos hinchados, las pocas palabras, el pijama puesto, los pelos peleados, y juntar fuerzas para salir(o no) a la calle y pelear otro día. Y, así, sin más... con los amores y las derrotas de todos los días. Con los errores y la
soledad de todos los días. Con las palabras que no bastan y que tanto una necesita escupir, a veces, todos los días. Y ese
corazón que late tantas veces por minuto y que no deja de dar testimonio de que estamos vivos, de que otro día nace para morir en la almohada y volver a filtrarse en la ventana después de las seis. Y ese corazón que no deja de dar testimonio de que amo a ese chico de rulos. Y que lo amo así... sin pausas ni arrabales, de la forma más
imperfecta, tímida, compleja, llorona y tan nena que soy. Y lo amo así, con locura y como a nadie, con el nudo en la garganta, el pijama puesto, y los pelos peleados, con la mejor sonrisa y en puntas de pie para llegar a su boca. Y, otra vez, ese corazón que late tantas veces por minuto y que no deja de dar
testimonio de que estamos vivos, que inevitablemente el ritual de levantarse y mirarse al espejo descubre el paso de los años... pero delata y recuerda cada momento simple y sencillo, de esos que hacen de un día un día maravilloso. Y
soñar, siempre soñar. Soñar y caminar por la calle con el viento pegando en la cara, ese viento que te obliga -afortunadamente- a cerrar los ojos para poder sentirlo cada vez más cerquita de la piel y de los labios y los ojos. Y tomar un colectivo, y escuchar cincuenta conversaciones a la vez, y que sea divertido. Putear y gritar, eso también lo hago, pero sólo cuando me indigno demasiado. Y llorar, mucho, creo que todos los días (igual no es siempre de tristeza, soy de lágrima fácil -de las que si ven El Rey León, vuelven a llorar con la
muerte de Mufasa-). Y la facultad y las presiones... pero, después, la
felicidad de la tarea realizada. Poder leer los libros que me gustan, y darme el lujo de guardarme varios para leer en otros momentos de mi vida, o releerlos, como a
El Lobo Estepario... tengo que volver a leer ese libro (ahora, ahora que cargo con cinco años más de sentir el viento en la cara). En fin, de todos modos, verle la carita a él no tiene precio, su barba tampoco tiene precio, y su sonrisa menos
(Vaya, tío qué guapo eres). Y sí, es algo tan simple como eso. Al fin y al cabo hace falta sólo detenerse y darse cuenta que, a veces, la
rutina no es tan mala: soñar, despertar, amarte, soñar, recordar, amarte, latir, estudiar, amarte, verte sonreír, sentir el viento, escribir, leer, putear, amarte, y morir en la almohada para volver a filtrarnos en la ventana después de las seis...