martes, 25 de agosto de 2015

Soltar

En algún rincón estaban guardadas las manos, los pies, la ceniza. En algún puto lugar estaban guardadas las explicaciones, los pañuelos de papel, las llaves, tres o cuatro acordes de un blues que hace tiempo no escucho.
Una vez alguien me dijo que soltar era más que un verbo, y me lo creí. Con tanta fuerza lo creí que hasta lo convertí en mandato diario, casi vehementemente. Y solté todas las cosas que jamás dije. En silencio solté. Y en silencio salté. Ahí, del otro lado. Ahí donde los rincones parecen ser un espacio más adonde la vida llega para pegarte dos sopapos, para pararte en otro lugar de la casa y ver la ventana más linda, el espejo más claro. Ahí donde las manos y los pies ya no necesitan volver, y la ceniza se esfuma.

martes, 10 de febrero de 2015

(...)

Sabía perfectamente que caía en la tentación, y no podía dejar de hacerlo.  Sabía que su piel no podía soltarla, no quería imaginar siquiera el solo momento de no rozarlo, de no acariciar su pelo, contarle los lunares, morderle la boca.

La madrugada con él se volvía corta, necesaria, a mordiscos, prohibida. 


Corría el peligro que se corre en estos juegos, uno de los dos pierde. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Jueves

Manuel disimulaba las ganas de fumar, para que yo no caiga en la tentación. Se ponía caramelos en la boca, uno detrás del otro, de colores, de goma, masticables. Que no tenía antojo -decía- y sonreía por lo bajo, levantando la ceja izquierda. Odiaba las películas románticas y el olor a jazmín. Planeábamos viajes en globo que no íbamos a realizar nunca, pero se convencía y me convencía -a veces- de algún modo. Arrastraba las botamangas de los pantalones, y usaba los cordones desatados. Manuel decía que todo iba a marchar bien, que no eran tan malos los vicios, que la música nos conectaba, que la televisión nos pudría la cabeza. Pero -sobre todo- decía que todo iba a marchar bien.
Si marchar bien significa -exactamente- este insomnio y esta taza de café en medio de la noche, cuántas horas más debería esperar para que la calma llegue entre tantos papeles escritos y tantas colillas aplastadas en el cenicero. Cuántos viajes debería soñar para sentir -en el intento- el viento en la cara y el sol del otro lado de los ojos. Cuántas mañanas de invierno debería despertar, para encontrar las palabras justas, y nombrarte sin decirte, sin saberte...

martes, 10 de septiembre de 2013

Martes, Manuel y madrugada

Esta noche intento acordarme de vos, y sin embargo, al instante mismo de imaginar tu boca, caen sobre mí todas las razones para no recordarla. Razones como espejos de paredes manchadas de humedades e inviernos. Espejos como hastíos y domingos en la cama con la frazada caída en el piso. Es martes y es madrugada, y tantos martes y tantas madrugadas rocé tu boca buscando el exilio y la certeza.  Palabra eterna tu boca –a veces- pronunciando mi nombre como agua clara y mansa.  Labios como manos, como pies, como el brillo opaco de la piel que ya no espera otra cosa que la urgencia del sueño. El viento golpea las ventanas y retumba el silencio. Razones y silencios -para guardar tus ojos y tus lunares en el cajón más pequeño de la cómoda- para dejarlos desvanecer y marchitar. Es martes y es madrugada, Manuel, y ya no te espero.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Domingo y septiembre

Siete maneras diferentes de empezar a escribir algo que tenga sentido un domingo a la mañana. Siete modos de romper con la hoja en blanco, y el cursor que titila con modestia, como esperando la respuesta indicada, el verbo perfecto, el silencio que grita. Sabina de fondo, hablando de besos y porros. La taza de café a medio terminar, las tostadas, el pijama a rayas rosas. Demasiado domingo del otro lado de la ventana y las campanadas de la iglesia. Todo el domingo, y la hoja en blanco que me deja perpleja. ¿Adónde van las palabras que no logran decirse? ¿En qué lugar anidan, cuando las siento –a veces- tan entre las costillas y el alma, dando vueltas por el cuerpo en busca de una metáfora que las salve

lunes, 5 de noviembre de 2012

Noviembre

Noviembre tiene el sabor del último cigarro. Ese mismo que te fumás con intención de disfrutarlo hasta la última bocanada, ese que sabés que se esfuma y lejos estamos de otro cigarro para recomenzar. Y una se vuelve tan noviembre y tan espuma. Porque los cigarros se acaban, las veredas concluyen, los árboles nacen y mueren, y los bancos de plaza siguen ahí esperando llenarse y vaciarse de todas las caricias y todas las promesas. Las canciones se acaban, los días se mueren. Tantas cosas y tantos espacios. Tanto almanaque por cubrir de huellas, de silencios, de carcajadas, de motivos para sonreírle al mundo y a cada mañana. Y vos estás ahí -de pie- con todo tu noviembre por vivir, y con la esperanza de la revolución, la urgencia de unas manos que no se esfumen como el último cigarro.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Entre el corazón y las costillas

La tarea consiste en abrir los ojos, hacerle un nudo al alma, y saltar de la cama para arrancar el día. Difícilmente el nudo sea sólido y todo lo que esperemos de él no sea suficiente. Te lavás los dientes, te ponés el jean, la remera, agarrás el bolso, y salís a otro miércoles que espera por ser vencido, o por vencerte. Y resulta que nada es tan simple, y aunque se intente... nadie puede hacerle un nudo al alma. Sería sencillo abrir una puerta, cerrarla, lidiar con la soledad, vencerla. Algo así como sacarse de un golpe eso que está en el estómago, en los huesos, entre el corazón y las costillas. Sería fácil saber que no estás ahí al costado para recordarme todo el tiempo que existís, y que de algún modo existo en esa presencia que late y late y late... y es ausencia. Ojalá vendieran nudos para el alma en los almacenes, los supermercados, los kioskos de revistas. Ojalá todo sea tan simple como saltar de la cama, y buscar el aliento que nos salve de las 24 horas siguientes, del jueves que vendrá, del viernes que se aleja, del sábado, del domingo que vence. Un ovillo de nudos que nos quite el silencio y nos de la esperanza de seguir abriendo los ojos para arrancar un nuevo día, quizás otro comienzo...

miércoles, 8 de febrero de 2012

Hasta siempre. Hasta toda la vida.


HASTA SIEMPRE, FLACO!

BUEN VIAJE A TU ALMA DE DIAMANTE...



lunes, 22 de agosto de 2011

Agosto

Llamarse al silencio. Algo así era lo que había dicho aquel día que no había palabras para dejar en la memoria que implica el paso del tiempo, y la permanencia de lo que vive. Llamarse al silencio y esperar por nuevas imágenes y nuevas fórmulas para enfrentarse al día y su miseria. Y el intento... el intento que te mata o te salva de una vez por todas. Y eso sigue ocurriendo, sólo que a veces uno necesita decir, hacer, vivir las cosas de alguna forma que no sea tan ruín, ni tan letal...

(Simplemente hacer algo con eso que no dice, que no hace, que no vive, y sin embargo, está ahí latiendo en el fondo de todo el invierno).

¿Y qué se hace con tanto invierno?

Si fuera tan simple colgarse la bufanda y estrangular las soledades con el nudo, y abrigarse los pies, como si eso protegiera la vida que grita a cada paso que damos, excluyéndonos de todo temblor. Y uno se llena de bufandas y ganas. Esas ganas de que tu boca roce la mía, gritando toda la furia, todo el deseo, y todo el espanto. Ganas de que tu invierno abrace, que no sea sólo el fondo de un agosto que mate o que salve. Sentirte más allá de la mañana, más allá de las manos, más allá del hastío. Que me dejes el alma sin palabras y, que acabes, por fin, con todos mis silencios.


lunes, 30 de mayo de 2011

Intangible

Hay metáforas que se vuelven absurdas un domingo por la noche. Todo permanece inmutable en medio de lo que veo, en medio del domingo, de la metáfora que no sé decir en estos tiempos -así como el aire que se hace invisible frente al espejo, como la última sonrisa-, y falta de palabras. Ni siquiera tiene mucho sentido decir eso último y, sin embargo, es lo más real de todo lo nombrado antes de la última coma.
Ya no hay palabras que resuman otro día de revolución en las calles y las plazas, otro día de metáforas intangibles, un domingo de palabras que intentan hacerse eco de cada una de las sombras que nos pueblan.

martes, 1 de febrero de 2011

Vientos y pausas

Sobre la mesa el tabaco del jueves, tu perfume a destiempo, y el silencio colmando la inmensidad de la sala. Y la poesía en forma de cortina, de cenicero, de bombilla. Devolviéndome en ovillos los caminos y las lluvias, buscando en el lenguaje el propio silencio de la sala y de mis manos, aquellas que te enumeran y deletrean buscando las nubes de tu boca. Y de repente, mirar entre líneas y descubrirte, justo ahí, entre palabra y palabra. Porque es ahí, entre el alma y los huesos, donde encuentro que hay más de mil soledades en una soledad (bebiendo de tus ojos y tu cintura), que tu cuerpo es un himno, que mis pies están repletos de vientos y pausas, y que cada paso es una revolución junto al tibio respirar de un verso... Ese mismo verso que no te digo, que guardo en la cajita musical de cada noche, para llenardo de melodías que lleguen a vos, y me vuelvan palabra urgente.

viernes, 1 de octubre de 2010

Dos o tres minutos

Suele faltarme el aire dos o tres minutos antes de recortar el día en pequeños fragmentos por vivir, buscándole sentido a la mañana inerte en que no estás. Y dibujo las horas, a tachones, enmarcando la imagen congelada que la ventana esconde entre el nublado y los detalles. Siempre, Soledad, detalladamente obsesiva con los detalles.
Suele faltarme el aire cuando te espero, entre el reloj y los lápices, con el ruido tan insoportable del segundero que asesina la irremediable y mínima respiración entrecortada, los pañuelos, la lista de números teléfonicos que espera sobre la mesa de luz, la mujer que me habla en los reflejos.
Todos los días esperando la certeza, la puta certeza que a una la salva del hastío cotidiano y los gritos. Gritos mudos y a carcajadas incontrolables. La certeza de creer en detalles que salven, y la cotidianidad de tus lunares -exactamente- pegados a los mios. Se necesitan horas a tachones que salven, que se salve la noche. Y retener tu figura, entre la gente, para no extrañarte cuando la casa sólo me devuelve pequeñas sombras entre espejo y espejo.

sábado, 3 de julio de 2010

De un tiempo a esta parte.

Últimamente estoy demasiado escéptica, intolerante, y con una pasión vehemente y contumaz por los chocolates nocturnos. Confieso, también, que olvido fácilmente cómo empezar a escribir, que me da miedo la hoja en blanco, que no sé escaparle a las sílabas repetidas en otoños inconclusos...
Me pesa demasiado la piel rompecabezas, el pelo de cobre, las manos frías, la sed, y los antojos después de la hora de la sopa de zapallo. De un tiempo a esta parte debo ser franca frente al espejo, saludarme sin medias tintas, y romper el hechizo del domingo por la tarde... cuando parece que la casa se achica cada vez más y más y más... hasta comprimirme los pulmones (y acobardarlos).
Supongo que no ha de tener demasiado sentido todo esto que escribo, ya dije... lo olvido con facilidad. Pero me pesa -hasta estallar- la boca tibia y el corazón a medias, los pies rotos, la camisa deshilachada, y las ganas de llorar hasta el hartazgo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Yo quiero ser una chica Almodóvar

Yo quiero ser una chica Almodóvar. Sin etiquetas, ni tacones lejanos. De carne y de piel repleta de palabras absurdas, con aroma a té de naranja o limón. Una chica Almodóvar, y sentarme en un café, mesa de madera y cuatro sillas, elegir la ubicación perfecta -siempre al lado del ventanal, sobre todo si es mañana y llueve- y descubrir la soledad de la gente en las miradas. Vociferar el viento y lo prohibido. Romper la escena y pintarme los labios con el labial carmín de varios inviernos. No preguntar nada, observar y decir. Exigir revolución de miradas que se cruzan y sonrisas que se corresponden. Unir las soledades del café y las sillas de madera. Volver poema cada soledad y hacer de ello una excusa para que la lluvia no acabe, para que las paredes se tiñan de violeta, y la puerta en gris. Yo quiero ser una chica Almodóvar, y manchar el gamulán rojo con gotitas de té que me recuerden los días de lluvia... y la lluvia que no se ve pero que todos soportan a lo lejos, tan dentro, y tan en crudo.